Hay una edad en la que todavía no sabes explicar casi nada bien, pero ya notas patrones raros constantemente. Estás en clase, en teoría pendiente de una explicación cualquiera, y al mismo tiempo vas detectando pequeñas normas invisibles por todas partes. Quién puede interrumpir sin consecuencias. Quién puede ser ruidoso y seguir cayendo bien. Quién queda como gracioso y quién queda como pesado haciendo prácticamente lo mismo.

Con catorce años no sueles decirlo así. No piensas en dinámicas sociales en clase ni en roles de género en adolescentes con lenguaje medio serio. Pero lo notas. Lo notas todo el rato.

Había reglas que nadie te explicaba

Ese era parte del desconcierto.

Parecía que casi todo el mundo entendía un código que a ti no te habían dado. Un chico podía pasarse bastante de la raya y quedarse en “el gracioso”. Una chica habladora podía recibir enseguida una etiqueta mucho menos amable. Alguien podía ser mandón y parecer seguro. Otra persona, con un gesto parecido, quedaba como exagerada, intensa o ridícula.

No hacían falta grandes discursos para que esas diferencias se vieran. Bastaban escenas pequeñas, repetidas, casi tontas. Comentarios sueltos. Tonos. Miradas. La manera en que el grupo premiaba unas cosas y castigaba otras.

Y si eras de los que se fijaban demasiado, el instituto se volvía un sitio un poco extraño. No solo por el ruido normal de la adolescencia, sino porque empezabas a notar que mucha gente estaba actuando un personaje sin decir nunca que lo estaba haciendo.

El mismo gesto no significaba lo mismo según quién lo hiciera

Eso se veía mucho más de lo que parecía.

No era únicamente una cuestión de simpatía o antipatía. Había comportamientos adolescentes que cambiaban de valor según la cara, el género, la posición social del que los hacía o el grupo desde el que llegaban. El mismo comentario podía sonar ingenioso en uno y molesto en otro. La misma inseguridad podía despertar protección o burla. La misma forma de hablar mucho podía ser carisma o cotilleo, según quién la llevara puesta.

A esa edad uno todavía no sabe ordenar todo eso, pero lo siente como una injusticia confusa. No una gran injusticia histórica, sino una más inmediata: la de ver que el aula ya funciona con papeles repartidos aunque nadie lo admita del todo.

Concentrarse no era lo único difícil

También estaba el ambiente.

Porque el instituto no era solo estudiar. Era intentar enterarte de una clase mientras el caos adolescente convertía cualquier mañana normal en un circo raro: hormonas, bromas repetidas, gente intentando destacar, alianzas cambiantes, alguien haciendo el payaso, otro queriendo parecer indiferente, otro fingiendo seguridad porque tocar otra cosa sería demasiado arriesgado.

Y en medio de todo eso, tú intentando seguir el hilo de algo mientras a la vez observabas cómo se repartían los papeles sociales delante de ti.

A veces la sensación más rara no era estar dentro del grupo, sino estar mirando el grupo desde un sitio ligeramente desplazado. Como si vieras demasiado bien ciertos mecanismos pero no supieras qué hacer con esa información. Eso también alimenta bastante el sentirse raro en el instituto: no solo no encajar del todo, sino detectar con demasiado detalle por qué no encajas.

La adolescencia era descubrir personajes

Con el tiempo muchas de esas escenas se entienden mejor. Ves que había presión social, ensayo de identidad, miedo al ridículo, necesidad de pertenecer y una cantidad considerable de teatro involuntario. Pero en ese momento no lo vivías como análisis sociológico. Lo vivías como incomodidad.

Como la sensación de que todos entendían normas invisibles que nunca te explicaron.

Y quizá por eso ciertas clases se recuerdan más por el clima que por la materia. No te acuerdas tanto de lo que tocaba en la pizarra como de cómo funcionaba la sala: quién podía hablar, quién molestaba sin pagar precio, quién tenía que medir cada gesto un poco más.

Verlo sin moralizarlo demasiado

No hace falta idealizar la adolescencia ni demonizarla. Era una etapa torpe para casi todo el mundo. Pero precisamente por eso resulta interesante: porque ahí se ve bastante bien cómo empiezan a aparecer los guiones sociales antes de que nadie tenga herramientas para nombrarlos.

Y si eras una persona algo observadora, el instituto podía sentirse como una colección de señales contradictorias. Quieres concentrarte, quieres pasar desapercibido a ratos, quieres entender por qué unas conductas se celebran y otras se castigan, pero todavía no tienes lenguaje para sostener todo eso sin sonar raro.

Así que te lo guardas. Y años después, cuando lo piensas, entiendes que muchas de aquellas sensaciones ya iban por ahí: normas invisibles, presión de grupo, papeles de género, personajes sociales y esa intuición persistente de que casi todo el mundo estaba actuando un poco.

Seguir leyendo

Si quieres seguir por esta zona del sitio, entra en Emociones y ruido mental.

Si te interesa cómo algunas cosas del instituto se recuerdan más por dentro que por fuera, sigue con La primera vez que entiendes que la gente puede estar rota por dentro.

Si la parte que te toca es pensar diferente y acabar sintiéndote raro dentro del grupo, sigue con Pensar diferente te convierte en el raro hasta que algo encaja.

Si prefieres empezar por una pieza más general sobre malestar difuso y pensamientos que no terminan de cerrarse, pasa por Hay cosas que uno siente.