Hay una especie de acuerdo silencioso alrededor de la adolescencia. Parece que uno tiene que recordarla como una etapa increíble: amigos, primeras veces, tardes largas, pocas responsabilidades y esa sensación de que todavía quedaba muchísimo por delante.

Y sí, hay personas que la recuerdan así.

Pero otras no.

Lo curioso es que decirlo en voz alta a veces sigue dando una sensación rara. Como si hubiera algo incorrecto en no echar de menos esa etapa. Como si romper esa nostalgia colectiva fuera casi una falta de sensibilidad.

En mi caso no fue así.

No todo el mundo entra igual en el instituto

De niño fui bastante infantil durante mucho tiempo. Lo digo sin intención negativa. Mi idea de la vida era bastante sencilla: jugar, imaginar cosas, reírme, perder el tiempo y existir sin demasiadas complicaciones.

Luego llegó el instituto.

Y en mi caso hubo una entrada especialmente brusca. Quitaron séptimo y octavo del colegio y los pasaron directamente a la ESO. Puede sonar a detalle técnico, pero cambiaba bastante la experiencia. Hay gente que entra poco a poco en esa etapa, todavía dentro de un entorno conocido, con profesores que ya entienden un poco cómo eres y con un marco más familiar.

Nosotros no.

Fue más parecido a soltar niños en mitad de una jungla social donde ya había jerarquías, edades, códigos y normas que nadie se había molestado en explicar.

Algunas personas crecen; otras se dedican a sobrevivir

Hay cosas que uno las nota aunque todavía no tenga lenguaje para ordenarlas.

Las notas en miradas. En comentarios pequeños. En ciertos tonos. En esa sensación bastante inmediata de que algo no va bien aquí. Porque no todo el mundo estaba viviendo la misma adolescencia dentro del mismo instituto.

Si además tienes TDAH sin entender qué te pasa, si no has aprendido gestión emocional y si encima aparecen malas experiencias con gente, bullying, malentendidos, desamores y faltas de respeto bastante torpes, la cosa cambia mucho.

Porque ya no estás usando tu energía para crecer.

La estás usando para sobrevivir.

Y eso cambia bastante el tipo de recuerdo que te queda después.

El perfil bajo también se aprende

Llega un momento donde empiezas a hacerte pequeño dentro de ciertos espacios. No porque quieras desaparecer exactamente, sino porque llamar la atención deja de sentirse neutro.

Ni siquiera era solo miedo a hacer el ridículo. Era algo más amplio.

No querer convertirte en el centro de atención por nada.

Cuando suficiente atención trae consecuencias malas, el foco deja de parecer interés y empieza a parecer amenaza. Y entonces aprendes algo bastante triste sin que nadie te lo explique de forma abierta: a veces es mejor pasar por debajo del radar.

Eso también forma parte de la adolescencia de mucha gente, aunque no encaje demasiado en la versión bonita que suele contarse después.

Recordar momentos concretos no es lo mismo que echar de menos una etapa

Y quizá esa es la diferencia importante.

No digo que no hubiera momentos buenos. Los hubo. Igual que hubo gente concreta, bromas concretas y escenas concretas que sí merece la pena conservar con cariño.

Pero una cosa es recordar algunos momentos con afecto y otra muy distinta sentir nostalgia por toda una etapa.

A veces no echas de menos la adolescencia.

Echas de menos solo algunos momentos que ocurrieron dentro de ella.

Y no es lo mismo.

Seguir leyendo

Si quieres seguir por la parte de adolescencia, rareza social y normas que nadie explicaba, entra en En clase empiezas a notar normas invisibles rarísimas.

Si te interesa cómo esa diferencia se vive también desde el TDAH, sigue con Pensar diferente te convierte en el raro hasta que algo encaja.

Si prefieres moverte por una ruta más amplia sobre malestar difícil de explicar, pasa por Emociones y ruido mental.