Durante mucho tiempo pensé que había cosas de mi forma de ser que simplemente eran así. Que era alguien reservado. Que me daba igual bastante más de lo que en realidad me daba. Que prefería no hablar demasiado de ciertos temas porque sí.
Lo veía como personalidad.
Con el tiempo he empezado a sospechar que algunas de esas cosas quizá no nacieron de forma tan espontánea.
Uno no aprende a callarse porque sí
Si desde pequeño expresar algo termina en discusión, en anulación, en una mirada rara o en la sensación bastante cansina de que nadie está entendiendo lo que intentas decir, llega un momento en que el cuerpo empieza a buscar el camino más barato.
Dejas de insistir.
Eso no suele pasar de golpe. Nadie se despierta una mañana pensando que va a empezar a esconder lo que siente. Son cosas pequeñas que se van acumulando. Conversaciones donde notas que explicar algo no merece la pena. Escenas donde ya casi puedes anticipar cómo va a terminar todo. Momentos donde acabas pensando que quizá sí, que estás exagerando tú.
Y poco a poco hablar menos parece una buena idea.
Lo que te protege en una etapa después se queda a vivir contigo
Lo curioso es que durante bastante tiempo funciona.
Funciona porque evita conflictos. Funciona porque te expone menos. Funciona porque te permite moverte por ciertos sitios sin quedarte demasiado abierto. Desde fuera incluso puede parecer serenidad, madurez o una forma especialmente limpia de no montar problemas.
Pero las cosas que funcionan para sobrevivir una etapa concreta a veces se quedan mucho después de que esa etapa haya terminado.
Y ahí empieza la deformación rara.
Porque ya no te estás protegiendo solo en los espacios donde aprendiste a hacerlo. Empiezas a llevar esa misma lógica a vínculos, trabajos y conversaciones donde quizá sí habría sitio para decir algo con más verdad.
La vida adulta te pide un lenguaje que quizá nunca terminaste de aprender
Llega un momento en que se espera algo bastante concreto de ti: que pongas límites, que expliques qué necesitas, que sepas decir cuándo algo te ha molestado o cuándo una situación te ha dejado mal.
Y de repente te encuentras respondiendo cosas como "me da igual", "no pasa nada" o "lo que quieras" casi en automático.
No porque de verdad te dé igual.
A veces simplemente no sabes qué responder.
Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.
Durante años pensé que había tolerado ciertas situaciones porque me parecían normales. Mirándolo ahora creo que muchas veces no era exactamente eso. No es que me parecieran bien. Es que no sabía qué hacer con ellas. No sabía defenderme con claridad. No sabía responder en el momento. No sabía ni siquiera explicar por qué algo me estaba haciendo sentir mal.
Y cuando uno no sabe qué hacer, a veces termina resignándose.
Ocupar menos espacio también se convierte en hábito
Con el tiempo eso te va cambiando por dentro de una forma bastante concreta.
Empiezas a pedir menos cosas, a esperar menos cosas y a expresar menos cosas. Ocupas menos espacio en las relaciones. No siempre porque te parezca lo correcto, sino porque es la forma en que has aprendido a moverte con menos coste.
Lo peligroso es que llega un punto donde uno deja de notar que lo está haciendo.
Ya no parece adaptación.
Empieza a parecer identidad.
Y quizá esa es la parte más incómoda de todo esto: descubrir que algunas zonas de ti que dabas por naturales eran, en realidad, formas de protección que aprendieron a quedarse demasiado tiempo.
Seguir leyendo
Si quieres seguir por la parte del malestar interno y lo difícil que es nombrarlo con precisión, entra en Emociones y ruido mental.
Si te interesa ver cómo ese filtro se mete también en el trabajo y en la forma de responder, sigue con Cómo cambia el trabajo cuando vives con ruido mental.
Si prefieres otra pieza sobre silencios cómodos y cosas que se normalizan demasiado, pasa por La injusticia tranquila.

