Una de las cosas más raras de contar es el hiperfoco en lo que no toca. La gente da por hecho que el problema con la concentración es que falta. Y a veces es justo lo contrario: hay concentración de sobra, una capacidad de meterte en algo durante horas sin levantar la cabeza. El problema es que llega sobre lo que no era, mientras lo importante sigue esperando.
No es que no puedas concentrarte. Es que no eliges en qué. La concentración aparece como el tiempo: cuando quiere, no cuando la llamas.
El hiperfoco no es disciplina, es secuestro
Desde fuera, alguien metido cinco horas en algo parece el colmo de la disciplina. Por dentro no se siente así. No has decidido dedicarle cinco horas; te ha atrapado. Has entrado y se te ha cerrado la puerta detrás. Pierdes la noción del tiempo, del hambre, de lo que tenías pendiente.
Por eso es engañoso llamarlo "concentrarse". Concentrarse implica que tú diriges. El hiperfoco más bien te dirige a ti. Y cuando engancha con lo prioritario es maravilloso; el problema es que engancha con lo que sea: un detalle menor, una afición, un agujero de curiosidad, algo que no tocaba para nada.
Lo importante se queda fuera precisamente por aburrido
Suele pasar que lo que de verdad había que hacer es justo lo que no engancha. Es la tarea sosa, la obligatoria, la que no da chispa. Y el hiperfoco rara vez salta sobre eso. Salta sobre lo novedoso, lo estimulante, lo que tiene un punto de reto o de juego.
Así que acabas con una mezcla absurda: horas de concentración brutal invertidas en algo secundario, y la tarea importante intacta. Y cuesta explicarlo sin parecer que te has escaqueado, cuando en realidad has estado trabajando como un poseso, solo que en lo que no era.
La resaca de salir del túnel
Salir del hiperfoco tampoco es gratis. Levantas la cabeza, ves la hora, ves lo que no has hecho, y llega un bajón raro. Mezcla de "qué bien ha estado eso" con "y ahora cómo recupero todo lo que he dejado pasar". A veces te quedas vacío, como con resaca, sin energía justo para lo que ahora sí toca.
Y la culpa, otra vez, no por no haber trabajado, sino por haber trabajado en lo de menos.
No se apaga, pero se puede orientar un poco
No vas a controlar el hiperfoco a voluntad, así que pelearte con él suele ser perder. Va mejor intentar orientarlo. Cuando notes que la concentración está disponible, redirigirla rápido hacia lo prioritario antes de que se enganche sola en otra cosa, porque una vez dentro de algo es casi imposible cambiarla de sitio.
Y aprovecharlo cuando sí cae donde toca, sin culpa, sabiendo que esas rachas son un recurso que no siempre está. Lo que no ayuda es exigirle que aparezca a la orden, como si fuera un grifo. No lo es. Es más bien un tiempo que a veces hace bueno; el truco es estar listo para salir cuando lo hace.
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