En algún momento aprendes a censurar preguntas para no parecer raro. Tienes una duda, una curiosidad, algo que de verdad quieres saber, y justo antes de soltarlo lo frenas. Calculas: "esto va a sonar raro", "nadie más lo pregunta", "van a mirarme". Y te lo tragas. Multiplica eso por años y acabas con un filtro automático que corta media curiosidad antes de que salga.

No nace de tener menos preguntas que los demás. Nace de haber aprendido, a base de miradas y comentarios, que ciertas preguntas te marcaban. Así que dejas de hacerlas, no porque dejen de interesarte, sino porque preguntarlas salía caro.

El filtro se instala para protegerte y luego se queda

Al principio el filtro tiene sentido. Si cada vez que preguntabas algo fuera de lo común te caía un "qué cosas dices" o una risa, aprendes rápido a no exponerte. Es una protección razonable: callas para no llevarte el golpe.

El problema es que el filtro no se desinstala cuando deja de hacer falta. Sigue funcionando de adulto, en contextos donde preguntar sería perfectamente normal, recortándote por costumbre. Te tragas dudas en reuniones, con gente nueva, en sitios donde nadie te iba a juzgar, porque el reflejo sigue ahí aunque el peligro ya no.

Lo que se pierde por no preguntar

Censurar preguntas no es gratis. Las preguntas son la forma de entender, de conectar, de no quedarte con la versión a medias de las cosas. Cada pregunta que te tragas es algo que no aprendes, una conversación que no se abre, una conexión que no pasa. Y muchas veces la pregunta "rara" era justo la interesante, la que nadie hacía precisamente porque también la habían censurado.

Además, callar para no parecer raro tiene una ironía: acabas pareciendo más distante o menos implicado de lo que eres, porque toda esa curiosidad tuya no se ve. El filtro que pusiste para encajar te hace parecer menos presente.

Desactivarlo a propósito, pregunta a pregunta

Esto no se arregla de golpe, pero se puede ir desmontando. Empieza por notar el filtro en acción: ese momento en que ibas a preguntar y te frenas. Solo verlo ya quita automatismo. Y luego, en contextos seguros, soltar la pregunta de todos modos, comprobando que casi nunca pasa nada de lo que el filtro anunciaba.

Con el tiempo recuperas terreno. No para soltar todo sin criterio, que tener algo de filtro social es sano, sino para que el criterio lo pongas tú ahora, no el crío que aprendió a callar para que no se rieran. La mayoría de tus preguntas "raras" no eran raras; eran buenas, y simplemente las hacías tú. Vuelve a hacerlas.

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Y para cuando fijarte y preguntar te colgaba la etiqueta de intenso, está Pensar diferente te convierte en el raro hasta que algo encaja.