A mí el diagnóstico de TDAH no me llegó porque yo estuviera buscando una explicación. Me llegó porque sacaba malas notas. Esa es la parte menos elegante de la historia, pero también la más verdad.

En el instituto yo no entendía del todo qué era ese escenario. Estaban los comentarios de profesor, ese tono de «¿te crees que esto es de niños?», y yo pensando: «¿tú quién eres y qué me estás diciendo?» Yo no iba allí por convicción. Iba porque me obligaban mis padres, como casi todos.

No entendía bien el sentido de aquello: las pruebas, los exámenes, esa especie de jungla rara en la que parecía que todo el mundo daba por hecho unas reglas que a mí nadie me había explicado de verdad.

Por entonces me llevaron a un psicólogo de mi ciudad y de allí me derivaron a otro en otra provincia, supuestamente el mejor. Después de un día de pruebas, el resultado fue un diagnóstico de TDAH.

Hace poco he podido volver a ver aquellos informes y hubo una parte que me llamó la atención: en varias capacidades salían resultados ligeramente bajos en memoria, asimilación y retención. Visto con distancia, impresiona un poco leer eso tantos años después.

La salida fue rápida y bastante reconocible: medicación para regular la dopamina y mejorar la atención. La tomé desde los 13 hasta los 17 años.

Lo que recuerdo de aquellos años no es solo la idea abstracta de que aquello ayudaba a concentrarme. Recuerdo también varios síntomas: no tenía hambre, estaba más apagado, me sentía más racional y menos emocional. Mejoraban algunas cosas, sí, pero a la vez aparecía la sensación de que una parte de mí quedaba amortiguada.

Los resultados parecían mejorar, pero con el tiempo me quedó una duda difícil de cerrar: no sé hasta qué punto mejoraban por la medicación y hasta qué punto porque simplemente estaba creciendo y madurando.

Ese fue, de hecho, uno de los últimos debates que tuve con el psiquiatra. La idea era bastante simple y bastante incómoda a la vez: como no teníamos dos versiones de mí, no se podía decir con total seguridad qué parte de ciertos cambios venía de la medicación y qué parte venía de haber crecido.

Mirado ahora, también pesa otra cosa: había muy poca información y bastante estigma. Muchas cosas se trataban como si fueran evidentes, pero no lo eran. Y cuando algo se vive así, entre etiquetas, medicación y poca claridad, entenderlo de verdad suele llegar bastante después.

Al final aprendí a convivir con ello, pero no porque todo estuviera bien explicado ni porque hubiera un camino claro. Aprendí porque tuve que reinventarme. De otra forma no sé qué habría pasado.

Ahora veo a bastante gente empezar a tratarse ya con treinta años y pienso en todo lo que se arrastra hasta entonces. En mi caso, con el tiempo he acabado haciendo de esto una fuerza: apoyarme en lo que se me da bien y disfrutarlo de verdad.

Si quieres seguir por la parte más cotidiana de todo esto, puedes leer No es falta de ganas. Y si acabas de llegar al sitio, en Empieza aquí está la ruta general.