Hay una clase de cansancio que no viene de hacer mucho, sino de intentar empezar veinte veces lo mismo. Con el TDAH pasa algo bastante parecido. Desde fuera parece despiste, desorden o falta de interés. Desde dentro es otra cosa: una pelea absurda entre lo que sabes que tienes que hacer y esa parte del cerebro que decide que no, que ahora no, que luego si eso.
La gente suele reducirlo todo a no saber concentrarse. Como si el problema fuera solamente mirar por la ventana o perder el hilo de una conversación. Ojalá fuera tan simple. También es olvidar algo importante cinco minutos después de repetirlo, aplazar una tarea pequeña hasta convertirla en una montaña y acabar sintiéndote bastante ridículo por no poder con cosas que, en teoría, deberían ser fáciles.
Lo visible
Lo visible suele ser bastante feo: dejas cosas a medias, llegas tarde a veces, empiezas una tarea y a los diez minutos estás con otra, pierdes un objeto que acababas de tener en la mano y, mientras tanto, eres capaz de pasarte dos horas metido en algo completamente irrelevante con una concentración casi quirúrgica. Desde fuera eso desconcierta. Y como desconcierta, enseguida aparecen las sentencias rápidas: que si eres caótico, que si no te organizas, que si te falta disciplina.
Lo peor no es ni siquiera escuchar eso. Lo peor es acabar dudando tú mismo. Porque cuando te pasa muchas veces, terminas preguntándote si no será verdad. Si igual sí eres un desastre y ya está. Si igual todo esto no es más que una excusa bonita para justificar que no llegas a lo que se supone que deberías llegar.
Lo que no se ve
Lo que no se ve es el desgaste. La cantidad de energía que se va en intentar parecer funcional. La culpa por olvidar algo que sí te importaba. La vergüenza de prometerte que esta vez lo harás bien y volver a tropezar con la misma piedra, como si tu cabeza tuviera un gusto especial por hacerte quedar mal.
No necesito que nadie convierta el TDAH en algo romántico, ni en una identidad de escaparate, ni en una coartada para todo. Tampoco quiero trato especial. Solo estaría bien que no se confundiera tan rápido el caos con la dejadez. A veces uno está haciendo un esfuerzo brutal solo para sostener una tarde normal. Solo para responder un mensaje. Solo para terminar una tarea sin que la cabeza se te vaya por cinco caminos distintos.
Y quizá esa es la parte más pesada de todas: no luchar solamente con lo que te pasa, sino también con la idea constante de que, si los demás no lo entienden, igual no merece ni ser contado. Pero sí lo merece. Porque no todo lo que parece desorden nace de la falta de ganas. A veces es, simplemente, una guerra poco visible librándose por dentro.
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Si quieres seguir por la parte más difusa del ruido mental, pasa por Hay cosas que uno siente o revisa la ruta de Empieza aquí.
