Cuando se habla de medicación para el TDAH, la conversación suele quedarse en un sitio bastante limpio: si ayuda a concentrarse, si mejora el rendimiento, si permite funcionar mejor. Todo eso puede ser verdad y aun así no contar la historia entera.
En mi caso la tomé durante varios años, desde los trece hasta los diecisiete. No lo viví como una decisión demasiado mía. Era la continuación lógica de un diagnóstico que había llegado por las notas, por el instituto, por esa sensación de que algo había que corregir cuanto antes.
Lo visible
Desde fuera sí parecía haber una mejora. Había más foco, más capacidad de aguantar ciertas tareas y más sensación de orden. Lo suficiente para que el tratamiento encajara bien en el relato que suelen preferir los adultos: se detecta un problema, se interviene y aparecen resultados.
Pero una cosa es que algo mejore una parte del mecanismo y otra muy distinta es que la experiencia de vivirlo sea neutra.
Lo que se quedaba por el camino
Lo que yo recuerdo no es solo más atención. Recuerdo también menos hambre. Recuerdo estar más apagado. Recuerdo una versión de mí algo más plana, más racional quizá, pero también menos viva. Como si algunas aristas molestas se hubieran suavizado a costa de rebajar otras cosas que también eran mías.
No estoy diciendo que aquello fuera un desastre ni que no sirviera para nada. Sería demasiado fácil contarlo así y no sería verdad. Sirvió para algo. El problema es que a ciertas edades uno tampoco tiene demasiado lenguaje para medir el precio de algunas mejoras. Solo notas que funcionas mejor en lo que otros esperan de ti, mientras por dentro hay piezas que se sienten más lejos.
Cuando eres adolescente, además, casi todo te llega ya explicado por otros. Te dicen lo que está pasando, para qué sirve, por qué conviene y qué sería lo razonable. Y tú vas viviendo dentro de esa explicación como puedes. No siempre con rebeldía. A veces solo con una incomodidad sorda que no sabes poner en palabras.
La duda que queda
Con los años me ha quedado una duda bastante simple y bastante imposible de resolver: cuánto cambió la medicación y cuánto cambió simplemente el tiempo.
Porque entre los trece y los diecisiete no solo tomas una pastilla. También creces. Cambias. Te vuelves más consciente de muchas cosas. Aprendes a sostenerte un poco mejor, aunque sea a trompicones. Y como no existen dos versiones paralelas de tu vida, nunca puedes comparar del todo. No puedes saber qué parte de cierta mejoría vino del tratamiento y qué parte vino de madurar, de adaptarte o de cansarte de chocar siempre con lo mismo.
Esa duda no invalida la experiencia, pero sí la vuelve menos limpia de lo que a veces se cuenta.
Mirarlo ahora
Ahora, con distancia, no me interesa convertir aquello ni en una denuncia ni en una defensa cerrada. Me interesa más nombrarlo con algo de precisión.
La medicación no fue, en mi caso, una especie de milagro técnico ni una traición a mí mismo. Fue algo más ambiguo: una ayuda con efectos visibles y con un coste más difícil de explicar. Mejoraba algunas cosas y a la vez me dejaba la sensación de que una parte de mí quedaba amortiguada.
Y supongo que esa ambigüedad también merece decirse. Porque cuando solo se cuenta lo que mejora de puertas afuera, se pierde la parte más íntima del asunto: cómo se habita esa mejora, qué se gana exactamente y qué notas que se apaga un poco por el camino.
Seguir leyendo
Si quieres seguir por el origen de aquella etapa, puedes leer El diagnóstico llegó por las notas. Y si te toca más la parte cotidiana del desgaste, la entrada natural es No es falta de ganas.
