Llego tarde a todo aunque lo intento. Esa frase resume bastante bien una experiencia que desde fuera se lee fatal, porque la lectura por defecto de la impuntualidad es clara: el que llega tarde es que no le importas lo suficiente. Y a veces es justo lo contrario. Llegas tarde habiéndote preocupado mucho, habiéndolo intentado de verdad, y aun así tarde.

No hablo de pasar de las cosas. Hablo de salir con tiempo y que el tiempo se evapore. De calcular mal por enésima vez cuánto tarda algo. De ese hueco raro entre lo que crees que vas a tardar y lo que tardas de verdad.

El tiempo no se siente igual para todo el mundo

Hay gente que tiene un reloj interno bastante fiable. Nota que han pasado veinte minutos más o menos cuando han pasado veinte minutos. Calcula "esto me lleva media hora" y le lleva media hora.

Para otros ese reloj va flojo. El tiempo se estira y se encoge sin avisar. Una tarea de diez minutos se come cuarenta sin que te enteres, porque estabas dentro y no notabas pasar el rato. No es que decidas llegar tarde; es que llegas al final de la cosa y el reloj dice otra hora distinta de la que tu cuerpo esperaba.

La trampa de "todavía me da tiempo a una cosa más"

Buena parte del retraso no nace al salir, nace justo antes. Tienes margen, y entonces aparece la idea fatídica: "me da tiempo a una cosa rápida". Mandar un mensaje. Recoger algo. Acabar un detalle. Y esa "cosa rápida" casi nunca lo es.

El error de cálculo es doble: subestimas lo que dura la tarea extra y sobreestimas el margen que tenías. Sumadas las dos, sales tarde habiendo salido a tiempo. Y lo peor es que lo haces con la sensación de estar siendo eficiente, aprovechando el hueco, cuando en realidad te lo estás comiendo.

El problema no es la pereza, es la fricción con el tiempo

Por eso "esfuérzate más" no arregla mucho. El que llega tarde por pasota se arregla si le importa. El que llega tarde por fricción con el tiempo ya se esfuerza, a veces muchísimo, y sigue fallando, lo cual es agotador y bastante humillante. Acumulas disculpas, caras de fastidio ajenas y una etiqueta ("el impuntual") que no encaja con lo mucho que lo intentas.

Y encima entra la culpa, que no ayuda a llegar antes; solo hace que llegues tarde y de mal cuerpo.

Lo que ayuda es trampear el cálculo, no la voluntad

Si el reloj interno no es de fiar, la solución no es fiarse más de él, es no fiarse y poner muletas externas. Calcular el tiempo y sumarle un margen que te parezca exagerado, porque tu "exagerado" suele ser el dato realista. Prohibirte la cosa rápida de antes de salir. Poner la alarma no para la hora de la cita, sino para la hora de empezar a salir.

No es elegante, pero funciona mejor que prometerte otra vez que esta vez sí. La impuntualidad no se cura queriendo más; se cura dejando de confiar en una estimación que ya sabes que falla.

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