Me siento en alerta todo el tiempo. Es una frase que suena exagerada hasta que la vives, porque no hablo de momentos de peligro ni de crisis. Hablo de un día normal, tranquilo incluso, en el que por dentro sigues como si tuvieras que estar pendiente de algo. Un estado de guardia que no se apaga aunque no haya nada que vigilar.

Lo curioso es que cansa muchísimo sin que hagas gran cosa. Puedes haber tenido un día sin esfuerzo físico, sin problemas, y acabar agotado igual. Porque la energía no se fue en hacer; se fue en estar atento.

Estar de guardia es un trabajo invisible

Vigilar consume. El cuerpo, cuando está en alerta, gasta como si hubiera algo que afrontar, aunque no lo haya. Tienes los sentidos un punto más abiertos, registras más cosas, anticipas más escenarios. Es un trabajo de fondo que no aparece en ninguna lista de tareas pero que te deja vacío.

Por eso es tan injusto el balance al final del día. "No he hecho nada y estoy reventado." Pero sí has hecho algo: has estado de guardia diez horas. Lo que pasa es que ese esfuerzo no se ve ni se cuenta, ni siquiera tú lo cuentas, y entonces el cansancio parece venir de la nada.

Cuesta apagarlo incluso cuando podrías

Lo más frustrante es que el estado no entiende de contexto. Llegas a un sitio seguro, sin nadie a quien atender, con tiempo, y el sistema sigue encendido. Te sientas a descansar y la cabeza sigue barriendo el entorno, buscando qué falta, qué hay que prever, qué se te escapa.

Es como un detector demasiado sensible: salta con todo, también con lo que no es una amenaza. Y no se desactiva porque tú decidas que ya puedes relajarte. Llevarse el "ya puedes parar" a un cuerpo que lleva años de guardia no es tan fácil como decirlo.

De dónde suele venir

Casi nunca es gratis. Estar siempre en alerta suele ser algo que se aprendió, muchas veces hace tiempo, en sitios o épocas donde de verdad convenía estar pendiente: entornos donde había que anticipar el humor de alguien, leer la sala, no bajar la guardia. El sistema aprendió que vigilar protegía, y se quedó encendido por defecto mucho después de que dejara de hacer falta.

Entenderlo no lo apaga, pero quita culpa. No estás así por débil ni por exagerado. Estás así porque en algún momento esto fue útil, y el cuerpo es lento desaprendiendo lo que una vez le sirvió.

Bajar revoluciones se entrena, no se decide

Como no se apaga por orden, lo que ayuda es lo contrario de exigirse calma: dar señales pequeñas y repetidas de que no pasa nada. Cosas del cuerpo más que de la cabeza, porque la cabeza es justo la que está de guardia. Respirar más lento a propósito, soltar hombros y mandíbula, moverse, hacer algo manual y aburrido que ocupe los sentidos sin tensión.

No funciona a la primera ni de forma espectacular. Es más bien ir convenciendo al sistema, día a día, de que puede bajar un punto. Y, mientras tanto, al menos contar el estar de guardia como lo que es: trabajo. Así el cansancio deja de parecer un misterio y pasa a tener una causa con nombre.

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