Esto me pasó hace relativamente poco en el trabajo. Como premisa, llevo una dieta vegana no estricta. ¿Eso qué quiere decir? Que intento comprar el mínimo número de productos de procedencia animal o desarrollados sin sufrimiento animal, dentro de mis posibilidades. Eso sí, ni una molécula de origen animal ha probado mi boca desde hace más de una década.
Aclaro que no estigmatizo ni doy moralinas, a no ser que alguien quiera cargar contra ello por puro cuñadismo o con intención de provocar. Una vez aclarado esto, comento la jugada.
La situación
Estábamos en el tiempo de descanso, comiendo. Entro por la puerta, me voy preparando las cosas… ya había gente. Un saludo vago por aquí y el 100% protocolario con su “hola” y “que aproveche”.
¿Qué significa realmente “que aproveche”? Nos ponemos en modo Gandalf: ¿me deseas una buena comida, sea buena o mala? En fin.
Entre la televisión de fondo y algún comentario previo antes de que yo llegara, el tema ya estaba servido. El tema en cuestión: las gallinas en granja… bueno, pues hubo una retahíla de “en cautiverio”, “que pongan huevos sin parar” y “si son violadas, mejor”.
El odio
La última frase fue la que más me llamó la atención. La repitió hasta tres veces. Yo estaba de espaldas, pero sentía sus ojos en mi nuca. Creo que era consciente de que podría llegar a molestarme y buscaba que entrara en su juego.
Ni me molesté.
Pero sí hubo dos cosas que pensé que hacían a esa persona un ser bastante ruin: el propio hecho de conocer la situación malsana de un animal y, aun así, usarla como provocación desde el desprecio.
¿Por qué?
¿Qué te nace de dentro para hacer eso?
¿Qué necesidad tienes?
¿Te divierte?
Desde luego pensé de todo menos en ser diplomático, pero luego apliqué algo de estoicismo, con una pizca de superioridad —no lo voy a negar— para salir del paso.
Ciertamente, sobran personas en este planeta.
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