Esto me pasó hace relativamente poco en el trabajo. Como premisa, llevo una dieta vegana no estricta. ¿Eso qué quiere decir? Que intento comprar el mínimo número de productos de procedencia animal o desarrollados sin sufrimiento animal, dentro de mis posibilidades. Eso sí, ni una molécula de origen animal ha probado mi boca desde hace más de una década.
Aclaro que no estigmatizo ni doy moralinas, a no ser que alguien quiera cargar contra ello por puro cuñadismo o con intención de provocar. Una vez aclarado esto, comento la jugada.
La situación
Estábamos en el tiempo de descanso, comiendo. Entro por la puerta, me voy preparando las cosas… ya había gente. Un saludo vago por aquí y el cien por cien protocolario con su “hola” y “que aproveche”.
Entre la televisión de fondo y algún comentario previo antes de que yo llegara, el tema ya estaba servido. El tema en cuestión: las gallinas en granja. Y ahí vino una retahíla de “en cautiverio”, “que pongan huevos sin parar” y “si son violadas, mejor”.
El odio
La última frase fue la que más me llamó la atención. La repitió hasta tres veces. Yo estaba de espaldas, pero sentía sus ojos en mi nuca. Creo que era consciente de que podría llegar a molestarme y buscaba que entrara en su juego.
Ni me molesté.
Pero sí hubo dos cosas que pensé que hacían a esa persona bastante ruin: el propio hecho de conocer la situación malsana de un animal y, aun así, usarla como provocación desde el desprecio.
¿Por qué?
¿Qué te nace de dentro para hacer eso?
¿Qué necesidad tienes?
¿Te divierte?
Desde luego pensé de todo menos en ser diplomático, pero luego apliqué algo de estoicismo, con una pizca de superioridad —no lo voy a negar— para salir del paso.
Ciertamente, sobran personas en este planeta.
Lo que había debajo de la broma
Lo más cansado de estas escenas no es la opinión en sí. Uno puede convivir con opiniones bastante torpes sin necesidad de montar una causa penal cada media hora. Lo que pesa es la intención. Esa manera de usar un tema como quien deja una chincheta en una silla y luego mira de reojo para ver si alguien se sienta encima.
Porque aquí no había una conversación real sobre alimentación, granjas ni nada que se le pareciera. Había una persona probando hasta dónde podía llegar sin quedar oficialmente como lo que estaba siendo. Ese es el truco de cierta crueldad cotidiana: decirlo con tono de chiste para conservar siempre una salida de emergencia. Si contestas, eres intenso. Si no contestas, la escena queda como si no hubiera pasado nada.
Y claro, uno aprende a calcular. Si merece la pena entrar. Si vas a gastar media tarde explicando algo que el otro no quiere entender. Si vas a regalarle justo la reacción que venía buscando. A veces callarte no es elegancia. Es higiene. No porque el comentario no importe, sino porque ya has visto el mecanismo y no apetece meter los dedos ahí dentro.
Lo desagradable fue eso. No que alguien pensara distinto. Pensar distinto es normal. Lo desagradable fue ver a alguien disfrutar un poco con la posibilidad de incomodar. Hay una diferencia bastante clara entre tener una opinión y usarla como herramienta para arañar a otro. Quien finge no verla suele verla perfectamente.
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