Hay escenas que no son especialmente escandalosas y, precisamente por eso, resultan más miserables. No hace falta que alguien grite ni que monte un espectáculo. Basta con ver a una persona tragarse una humillación pequeña, seca, perfectamente calculada, mientras el resto decide estudiar el suelo, la pared o la taza de café con una atención casi científica.

Lo inquietante no es solo quien suelta la puñalada. Lo inquietante es la tranquilidad con la que los demás aceptan que eso está pasando. Como si la injusticia, cuando no les cae encima a ellos, pudiera archivarse sin más en esa carpeta mental de cosas incómodas que es mejor no tocar.

El silencio cómodo

Siempre hay una justificación decente para no intervenir. Que si no sabes el contexto. Que si mejor no meterse. Que si bastante tiene uno con lo suyo. Que si total, tampoco ha sido para tanto. Y así, con un puñado de excusas bastante limpias por fuera, se deja sola a la persona que acaba de llevarse el golpe.

Lo curioso es que casi todo el mundo se imagina a sí mismo del lado correcto. Nos gusta pensar que, llegado el momento, diríamos algo. Que tendríamos ese mínimo de decencia. Pero luego llega la situación real, con su tensión, su incomodidad y su riesgo de quedar mal, y de pronto el silencio parece una opción razonable. Prudente, incluso. Y no. Muchas veces no es prudencia. Muchas veces es cobardía con buenos modales.

Mirar hacia otro lado

Hay injusticias grandes, claro, pero las pequeñas también educan. Enseñan quién puede apretar y quién tiene que callarse. Enseñan que hay espacios donde algunos pueden permitirse despreciar y otros tienen que aprender a aguantar el tipo. Y lo más grave es que no hace falta un coro de cómplices activos. Basta con una habitación llena de gente dispuesta a no estropear su paz por defender a nadie.

No estoy diciendo que todo el mundo tenga que convertirse en héroe por sistema. A veces también da miedo hablar, y ese miedo existe. Pero una cosa es entenderlo y otra blanquearlo. Porque cuando nadie dice nada, el mensaje queda bastante claro: puedes hacer daño, aquí no pasa nada. Y eso, por mucho que se adorne con silencio, sigue siendo una forma de participar.

Al final, la injusticia no siempre se impone a base de fuerza. A veces se sostiene gracias a algo mucho más vulgar: la comodidad de quienes prefieren no complicarse la vida. Y esa comodidad, por muy común que sea, no deja de dar bastante vergüenza.

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