A veces aparece la nostalgia por una versión más tranquila de ti. Te acuerdas, o crees acordarte, de una época en la que estabas más en paz, con menos ruido dentro, menos vueltas, menos todo. Y la echas de menos. Como si en algún momento hubieras sido más sereno y por el camino lo hubieras perdido.

El problema es que esa versión tranquila, cuando la miras de cerca, casi nunca aguanta. No porque mientas, sino porque la memoria recorta. Y conviene mirarla bien antes de echar de menos algo que quizá no fue como lo recuerdas.

La memoria limpia el pasado

Recordar no es reproducir; es reconstruir, y al reconstruir se simplifica. De aquella época te quedas con la sensación general y se te borran los detalles. Y la sensación general suele venir suavizada: lo malo pierde nitidez, lo difícil se difumina, y queda una versión más limpia y más calmada de la que en realidad viviste.

Por eso la versión tranquila de ti del pasado compite con trampa contra el tú de ahora. Al de ahora lo vives con todos sus detalles, con todo el ruido en alta definición. Al de antes lo recuerdas ya editado, con el ruido quitado. No es raro que el de antes parezca más sereno: le has borrado tú las partes incómodas.

A veces no había calma, había menos conciencia

Otras veces sí estabas más tranquilo antes, pero no porque fueras una versión mejor, sino porque te enterabas de menos. La calma de ciertas épocas es la calma de no haber entendido todavía ciertas cosas. Cuando entiendes más —de ti, de cómo funcionas, de lo que pasa alrededor—, esa paz de la ignorancia se acaba.

Y eso, aunque sea menos cómodo, no es un retroceso. Cambiar tranquilidad por lucidez suele ser un buen trato, aunque al principio no lo parezca. Echar de menos al que no se enteraba es echar de menos una venda, no una virtud.

Construir la calma de ahora en vez de añorar la de antes

Lo útil no es perseguir a esa versión idealizada para "volver a ser así", porque o no existió o no quieres de verdad volver a no enterarte de nada. Lo útil es construir una calma nueva, la del que ya sabe cómo funciona y aprende a llevarse bien con su propio ruido.

Esa calma es más sólida que la de antes, porque no depende de no saber, sino de saber y gestionar. No se parece a la nostalgia: no es silencio, es manejo. Y es la única que de verdad puedes tener ahora, porque a la otra, la editada, no se vuelve. La nostalgia está bien para visitarla un rato; vivir ahí, no.

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