En algún momento te das cuenta de que la popularidad casi nunca tuvo que ver con la amabilidad. De crío puedes llegar a pensar que los populares lo eran por buenos, por majos, por algo que valía la pena tener. Y luego, mirándolo con calma, ves que no. Que lo que daba estatus en un grupo solía ser otra cosa, y muchas veces ni siquiera una cosa buena.

Es un descubrimiento que reordena bastantes recuerdos. Porque de pronto entiendes que aquello que parecía un ranking de valía era, en realidad, un ranking de otra cosa.

La popularidad premia visibilidad y poder, no bondad

Lo que suele dar popularidad es ser visible, tener desparpajo, imponerse, manejar el ambiente, a veces directamente saber quién cae mal y aprovecharlo. Nada de eso es amabilidad. Algunos populares eran majos, claro, pero por casualidad, no porque la popularidad lo pidiera. El sistema premiaba presencia y poder social, y la bondad ahí no puntuaba apenas.

Por eso muchos chavales amables y atentos se quedaban en los márgenes, no por nada que fallara en ellos, sino porque sus virtudes no eran de las que cotizan en ese mercado concreto. Ser buena persona no daba puntos; a veces hasta restaba, si te hacía menos visible o menos duro.

Confundir popularidad con valía deja marca

El problema de no entender esto a tiempo es que te lo tomas como un veredicto sobre ti. Si crees que la popularidad mide cuánto vales y tú no la tienes, la conclusión que sacas es que vales poco. Y es una conclusión falsa sacada de una báscula estropeada.

Mucha gente carga durante años esa idea: que estar fuera del centro significaba algo malo sobre ellos. Cuando lo que significaba, casi siempre, es que sus cualidades no eran las que ese grupo premiaba en ese momento. Otra báscula, en otro contexto, habría dado un número completamente distinto.

Mirarlo de adulto recoloca las cosas

Ver esto de mayor tiene un efecto liberador. Recolocas tu propia historia: dejas de leer no haber sido popular como un defecto y empiezas a verlo como lo que era, una cuestión de qué se valoraba allí, no de cuánto valías tú.

Y de paso recalibras qué admiras ahora. Porque con el tiempo se ve clarísimo que la amabilidad, que no daba estatus en el patio, es justo lo que aguanta el paso de los años en la gente. Lo que daba popularidad entonces envejece regular; lo que no la daba —ser buena gente, fijarse, cuidar— resulta ser lo que de verdad valía. Solo que el ranking de críos no estaba hecho para medir eso.

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