No me molesta igual todo lo que sale mal.
Hay errores que fastidian, claro. Pero suelen tener algo rescatable: al menos dejan la sensación de que hubo intención, de que alguien estaba ahí, de que algo no salió como debía, pero no porque diera lo mismo.
Lo que me pesa más es otra cosa. Me pesa más la indiferencia. Esa forma de hacer las cosas medio por hacer, con desgana, con poca atención o con ese aire de "bueno, ya está" que deja bastante claro que se podía haber hecho mejor y que simplemente no se quiso poner más.
El error no siempre es lo peor
Equivocarse no me parece lo más grave del mundo. Casi nunca lo ha sido.
A veces algo sale mal y ya está. Se corrige. Se mira qué falló. Se ajusta un poco y para la próxima mejor. No necesito montar un drama cada vez que algo no sale fino ni convertirme el error en una identidad. Tampoco suelo irme por dentro a ese sitio de "qué idiota" o "por qué me pasa esto otra vez". A cierta edad eso ya no sirve para gran cosa.
Lo útil suele ser otra cosa: corregir lo que se pueda y quedarse con una versión mental un poco mejor de la escena. No para castigarse, sino para entender cómo podría haber sido. Qué faltó. Qué gesto sobró. Qué se podría haber dicho con más claridad. Qué margen había.
Hay una forma de arrepentimiento que no destruye. A veces enseña.
Lo que cuesta de verdad es notar que daba igual
Con la indiferencia pasa otra cosa. No molesta solo el resultado. Molesta también lo que deja entrever.
Cuando alguien hace algo claramente por hacerlo, sin atención, sin interés y sin cuidar mínimamente el contexto, lo que queda no es solo una chapuza pequeña. Queda una sensación bastante peor: la de que no importaba suficiente como para hacerlo un poco mejor.
Y eso se nota.
Se nota en el trabajo, en favores, en conversaciones, en promesas pequeñas y en esas tareas corrientes que desde fuera parecen tonterías, pero por dentro revelan bastante bien cómo se coloca cada uno ante lo que hace y ante la gente que tiene delante.
Por eso hay cosas que me cabrean más por indiferencia que por incompetencia. La incompetencia puede ser torpeza, ignorancia o falta de recursos. No siempre depende del todo de uno. La indiferencia, en cambio, se parece mucho más a decidir que da igual. Y ahí ya cambia bastante la lectura.
Cuando acabas haciéndolo tú casi todo
Con el tiempo uno aprende cosas sin proponérselo demasiado. Entre ellas, que depender de gente que va a medias sale caro.
No caro en un sentido heroico ni melodramático. Caro en energía, en tiempo, en paciencia y en esa sensación bastante seca de tener que revisar después lo que otro ya hizo sin ganas.
Supongo que por eso muchas veces acabo haciéndolo yo. No porque me crea por encima de nadie ni porque tenga una fantasía de control total, sino porque a base de repetir ciertas escenas uno desarrolla una especie de autosuficiencia práctica. Si algo importa de verdad, lo hago yo. Si ya no puedo más, entonces sí pido ayuda. Pero no es lo primero que me sale.
Eso tiene un precio, claro. Te vuelve más resolutivo, pero también te acostumbra a sostener demasiado por tu cuenta. Te ahorra decepciones concretas y, al mismo tiempo, te quita costumbre de apoyarte en otros con naturalidad.
No todo es exigencia
Tampoco se trata de vivir corrigiéndolo todo ni de pedirle perfección al mundo.
Yo mismo sé que siempre hay margen para hacerlo mejor, pero eso no significa que haya que estar mejorando cada segundo. Hay un punto razonable entre afinar las cosas y pasarte la vida entera en tensión. A veces mejorar no es convertirse en otra persona ni hacer una revolución íntima. A veces es simplemente hacer algo un uno por ciento mejor que ayer.
Ese uno por ciento ya cambia bastante.
También ayuda tener cerca a gente que sí te conoce bien. No mucha, solo la suficiente. Personas que saben lo que te pueden pedir y lo que no. No desde la condescendencia, sino desde la confianza real. Eso tranquiliza bastante más que cualquier discurso bonito sobre apoyarse en los demás.
Porque el problema nunca fue que todo saliera perfecto. El problema suele empezar cuando algo, o alguien, transmite que en realidad daba bastante igual hacerlo bien o mal.
Mejorar sin teatro
Al final creo que me pesa menos fallar que notar desgana. Menos el error que el desinterés. Menos la torpeza que esa implicación a medio gas que luego siempre deja el mismo rastro: alguien tendrá que recoger esto mejor.
Y supongo que por eso sigo mirando ciertas escenas después de que pasen. No para martirizarme, sino para ajustar. Para no dejarme pisotear donde no hacía falta. Para decir algo un poco más claro la próxima vez. Para hacerme cargo mejor de lo mío y no regalar atención donde ya he aprendido que no vuelve de la misma forma.
No es una ética brillante ni una fórmula inspiradora. Es algo bastante más simple.
Hazlo bien, o al menos hazlo de verdad.
Seguir leyendo
Si quieres seguir por esta línea, entra en Trabajo y vínculos.
Si te interesa la parte del desgaste interno mientras sostienes lo de fuera, sigue con Cómo cambia el trabajo cuando vives con ruido mental.
Si prefieres una pieza más centrada en escenas pequeñas que se quedan dentro, pasa por Por qué pesan tanto las pequeñas humillaciones.

