A veces no sabes si te pasa algo de verdad o solo estás pensando demasiado. Notas un malestar, una incomodidad, algo que no termina de estar bien, y enseguida llega la segunda pregunta: "¿esto es real o me lo estoy montando?". Y ahí te quedas, atascado, sin saber si atender lo que sientes o desconfiar de ello.

Es un sitio incómodo, porque dudas hasta de tu propio termómetro. No solo llevas el malestar; llevas además la sospecha de que a lo mejor el malestar te lo inventas tú.

La duda se aprende cuando te han dicho mucho que exageras

Esa desconfianza hacia lo que uno siente no nace sola. Suele venir de años de que te dijeran, de un modo u otro, que exagerabas, que no era para tanto, que le dabas demasiada importancia a las cosas. Cuando oyes eso lo suficiente, lo interiorizas: empiezas a hacerte tú mismo el trabajo de quitarte importancia antes de que te lo hagan los demás.

El resultado es que ante cualquier malestar, en vez de mirarlo, primero lo pones en duda. "Igual no es nada." "Igual soy yo." Y mientras decides si tienes derecho a sentirte mal, no atiendes lo que sea que estuvieras sintiendo.

Dudar del malestar no lo hace desaparecer

La trampa es pensar que si determinas que "solo estás pensando de más", el malestar se va. No se va. Sigue ahí, solo que ahora con una capa encima de no saber si te lo permites. Has añadido un problema —la duda— al problema que ya tenías.

Y al revés: a veces sí es solo rumia, sí estás agrandando algo pequeño, pero tampoco lo resuelves repitiéndote que exageras, porque eso es seguir dándole vueltas, ahora a si deberías darle vueltas. En los dos casos, dudar no es el camino de salida.

Atender primero, calibrar después

Lo que funciona mejor es invertir el orden. En vez de preguntarte primero si tienes derecho a sentirte así, atender lo que sientes como si fuera válido, sin más. Si estás mal, estás mal; el malestar no necesita un certificado para existir. Una vez atendido, ya con más calma, miras de dónde viene y si es proporcionado o lo has agrandado.

Casi siempre, al darle ese sitio en vez de pelearlo, se aclara solo: o ves que sí había algo real que atender, o ves que era una vuelta de más y se deshincha. Lo que nunca aclara nada es quedarse en la puerta dudando si pasar. Tu malestar no miente por sistema; merece al menos que lo mires antes de descartarlo.

Si notas que esta duda sobre lo que sientes es constante y te deja bastante perdido, hablarlo con alguien de confianza o con un profesional ayuda a recalibrar el termómetro; no por debilidad, sino porque un termómetro que llevas años dudando conviene ajustarlo con ayuda.

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Y para la parte de que pensar mucho no siempre es exagerar, está La importancia de reflexionar sobre nuestras acciones.