Vivo con demasiadas pestañas abiertas dentro de la cabeza. La imagen es bastante exacta: varios procesos a la vez, todos a medio cargar, ninguno cerrado del todo. Puedo estar hablando contigo y, a la vez, registrando otra conversación de al lado, pensando en algo de después y notando que se me olvida una tercera cosa.
No lo cuento como queja. Esa cabeza en paralelo también tiene su lado bueno: captas más, conectas cosas, haces varias a la vez de verdad. El problema no es tener las pestañas; es cuando se abren tantas que el sistema va lento y ninguna termina de cargar.
Pensar en paralelo no es lo mismo que estar disperso
Desde fuera se confunde con despiste, pero no es eso. El despiste es no estar en nada. Esto es estar en varias cosas a la vez, que es distinto. Hay capacidad de sobra; lo que falla, cuando falla, es el reparto: demasiados hilos abiertos compitiendo por la misma atención.
Y como pasa por dentro, no se ve. La gente ve que has perdido el hilo o que se te ha olvidado algo, y lo lee como falta de interés. No saben que en ese momento tenías ocho pestañas cargando y la que te pedían era la novena.
El truco no es cerrar la cabeza, es cerrar pestañas a propósito
La tentación es pensar que habría que apagar todo ese ruido y quedarse con un solo pensamiento, como la gente que va más en serie. Pero eso ni se puede ni hace falta. La cabeza va a seguir abriendo pestañas; esa es la máquina que hay.
Lo que sí se puede es cerrarlas a mano cuando se acumulan. Sacar fuera lo que tienes dentro: apuntarlo, soltarlo, dejarlo en un sitio donde no se pierda, para que el cerebro deje de tener que mantenerlo abierto "por si acaso". Cada cosa que descargas fuera es una pestaña menos consumiendo memoria. No silencias la cabeza; la alivias.
Aprovechar el paralelo y vaciarlo cuando satura
Con los años esto se gestiona. Sabes cuándo el paralelo te está rindiendo —captando, conectando, produciendo— y cuándo se ha pasado de vueltas y solo te está ralentizando. En el primer caso, lo dejas correr y le sacas partido. En el segundo, paras y vacías.
No es controlar el pensamiento, que no se puede. Es conocer tu propia máquina lo bastante para no pelearte con ella. Las pestañas van a estar ahí; la diferencia entre que sean una ventaja o un agobio está en saber cuándo cerrar unas cuantas.
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