Hay una clase de comentario que parece poca cosa hasta que te cae delante mientras estás comiendo tranquilo en el trabajo.

Estás a lo tuyo. Sin montar debate. Sin pedir consejo. Sin invitar a nadie a hacer un análisis comparado de tu vida ni de la ajena. Y aun así llega alguien, se sienta, empieza a opinar de lo que toma uno, de lo que necesita otro, de lo que le pasa a no sé quién, y acaba soltando esa frase tan torpe como reconocible:

"Pues a mí no me hace falta."

O la variante todavía más inútil:

"Todos hemos vivido lo mismo."

Y ahí es donde cuesta no pensar algo bastante simple:

No. No hemos vivido lo mismo.

Haber pasado por algo parecido no significa haber pasado por lo mismo

Esa es la trampa de fondo.

Hay gente que usa su experiencia personal como si fuera una regla general. Como si el hecho de haber atravesado algo parecido le diera automáticamente permiso para decidir cuánto debería afectarle a los demás, qué herramientas deberían necesitar y qué nivel de factura sería el razonable.

Pero no funciona así.

No solo cambia lo que te pasó. Cambia cuándo te pasó. Cómo te pilló. Qué edad tenías. Qué herramientas había. Cuánto llevabas ya encima. Qué capacidad tenías para sostenerlo. Qué precio te cobró después.

Y todo eso importa bastante más de lo que a alguna gente le gusta admitir.

Lo que parece opinión muchas veces es una forma de rebajar al otro

Encima estas frases casi nunca llegan con verdadera curiosidad.

No suelen venir de alguien que quiere entender mejor lo que te pasa. Vienen de alguien que ya ha decidido que lo suyo es la medida buena y que, a partir de ahí, lo tuyo queda automáticamente un poco exagerado, un poco sospechoso o un poco blando.

Si yo pude, tú también.

Si a mí no me hizo falta, a ti tampoco debería.

Si todos vivimos cosas, entonces lo tuyo no será para tanto.

Y no. Eso no es comprensión. Eso es convertir la propia experiencia en una especie de vara moral para corregir la ajena.

La gente confunde mucho aguantar con entender

A veces una persona no se tomó nada, no pidió ayuda y no habló de lo que le pasaba.

Perfecto.

Pero de ahí no se deduce automáticamente que lo llevara mejor. A veces solo significa que tiró para adelante como pudo. Que se endureció. Que se resignó. Que no tuvo otro lenguaje. Que nadie le enseñó otra cosa. O que simplemente pagó la factura por otro lado.

Eso también pasa mucho.

Hay gente que presume de no haber necesitado nada como si eso demostrara una especie de superioridad práctica. Y a veces lo único que demuestra es que tiene una visión bastante pobre de lo distintas que pueden ser dos vidas por dentro, incluso cuando por fuera se parecen un poco.

No todo el mundo paga igual las mismas cosas

Esa es la parte que más irrita.

No el desacuerdo en sí, sino la comodidad con la que algunos reducen experiencias ajenas a una comparación simplona consigo mismos. Como si bastara con decir "yo también viví cosas" para quedar autorizado a repartir sentencias sobre pastillas, ayuda, cansancio, salud mental o maneras de sostenerse.

Pues no.

Que dos personas hayan pasado por algo parecido no significa que les haya pasado lo mismo por dentro.

Y que a ti no te hiciera falta una ayuda concreta no dice absolutamente nada sobre la legitimidad con la que otra persona sí la ha necesitado.

A veces lo más sensato que se puede pensar es: cállese

No todo merece una discusión larga. No siempre compensa abrir un debate serio con alguien que ya ha entrado a la escena convencido de que su experiencia es la versión correcta de la experiencia humana.

A veces lo más preciso ni siquiera es una gran respuesta brillante.

Es otra cosa bastante más seca:

No tienes ni idea de lo que me ha pasado a mí.

Y tampoco de lo que le ha pasado al otro.

Así que igual lo más prudente no sería opinar tanto, sino callarse un poco.

Seguir leyendo

Si quieres seguir por esta parte del sitio, entra en Trabajo y vínculos.

Si te interesa la parte del desgaste interior mientras intentas parecer funcional por fuera, sigue con Cómo cambia el trabajo cuando vives con ruido mental.

Si prefieres otra pieza sobre juicios rápidos, fricción cotidiana y malentendidos alrededor de lo que a uno le cuesta sostener, pasa por No es falta de ganas.