Tienes un buen día y no te fías de que dure. Va todo bien, te notas con energía, las cosas salen, y en lugar de disfrutarlo del todo hay una parte que está esperando. Esperando el bajón, el imprevisto, el momento en que esto se tuerza. Como si el buen día fuera prestado y en cualquier momento vinieran a cobrártelo.
No es pesimismo de manual. Es más concreto: una desconfianza aprendida hacia los días buenos, que vienen con un asterisco. "Disfruta, pero no mucho, no vaya a ser."
La desconfianza es una vacuna que sale cara
Esperar la caída tiene una lógica: si no te fías del buen día, la caída no te pilla desprevenido. Te proteges del bajonazo de pasar de muy arriba a muy abajo manteniéndote a media altura por las buenas. Es una vacuna emocional.
El problema es lo que cuesta esa vacuna. Para no llevarte el chasco de que el buen día se acabe, renuncias a vivirlo entero mientras dura. Pagas con el presente para asegurarte el futuro. Y casi nunca compensa, porque el bajón, si viene, viene igual; lo único que has conseguido es no haber disfrutado tampoco lo bueno.
El buen día no es una deuda
Detrás de todo esto suele haber una idea torcida: que la calma o la euforia se pagan, que después de estar bien toca estar mal, que el equilibrio es una especie de castigo cósmico por haber estado arriba. Y no funciona así. Un buen día no genera una factura. No estás acumulando una deuda emocional que haya que saldar luego.
A veces los días buenos simplemente se acaban porque se acaba el día, no porque vinieran a buscarte. Y a veces el siguiente también es bueno. La cabeza que espera la caída se inventa una causalidad que no existe: que estar bien provoca estar mal. No la provoca.
Dejar que dure lo que dure
Lo que ayuda no es convencerte de que el buen día va a durar para siempre, porque eso sería mentira y la cabeza no se lo traga. Es otra cosa: dejar de exigirle al buen día que se justifique. No vigilarlo. No estar con un ojo en el reloj esperando que se estropee.
Si dura una tarde, una tarde. Si dura tres días, tres días. Disfrutarlo mientras está no hace que dure menos; lo único que cambia es que, en vez de pasarlo en guardia esperando el final, lo pasas dentro. Y si luego viene un bajón, ya lo gestionarás entonces, que para eso tienes herramientas. Adelantarlo no sirve de nada, solo te roba el rato bueno.
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Y si te cuesta parar sin culpa incluso en lo bueno, está La culpa de descansar.

